Sherlock Holmes y las huellas del poeta - Rodolfo Martínez
por Javier Vidiella
Creo que no sería exagerar mucho hablar de Sherlock Holmes como del personaje de ficción más influyente de la literatura universal. Sólo hay que echar un vistazo a sus incontables apariciones en todos los medios posibles, desde las letras a la imagen, pasando por la voz de los seriales radiofónicos. Y su vitalidad está lejos de apagarse, como demuestra la proliferación de pastiches e imitaciones con la que se ha bombardeado últimamente al aficionado holmesiano. El último ejemplo, desafortunado por cierto, es el intento del creador de El alienista, Caleb Carr, de intercalar un pastiche más en el canon del personaje con El caso del secretario italiano, aparecido en nuestro país no hará más de un mes y al que se le nota demasiado su condición de relato ampliado a novela.Quizá la principal característica diferenciadora de los pastiches con respecto al canon es que en los primeros los autores utilizan la perspectiva que les da escribir muchos años después de que la época victoriana diera sus últimos estertores para hacer interactuar a Holmes con multitud de personajes que ahora son históricos, desde Marx hasta Freud, pasando por Wittgenstein o Jack el Destripador. Asimismo, este afán por el crossover se manifiesta en la insistencia de los autores por cruzar los pasos de Holmes con los de otros iconos de la novela popular, como, por ejemplo, Fu—Manchú o Drácula. Rizando el rizo, algunos se han atrevido a hacerle chocar con su mismísimo padre literario, sir Arthur Conan Doyle –protagonista en solitario, además, de dos interesantes novelas de Mark Frost–. Como puede verse, poco de original puede depararnos ya el terreno del pastiche. Lo que ahora hemos de pedirles a los que se atrevan a adentrarse en sus procelosas aguas es, pues, tramas sólidas e interesantes que respeten lo más posible la personalidad e idiosincrasia del detective y el doctor.
Rodolfo Martínez se sumó al carro pastichero hace ya unos años con Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, reeditada posteriormente en Bibliópolis Fantástica, la misma colección que acoge a su continuación, objeto de esta crítica, Sherlock Holmes y las huellas del poeta. En ambas, el autor asturiano demuestra un profundo conocimiento del personaje, tanto de lo escrito por Conan Doyle como de lo que luego han hecho sus continuadores, a los que sigue en algunos casos, mientras que a otros parece obviarlos o, directamente, enmendarles la plana. Destacar también su perfecta imitación del estilo del autor escocés, algo que muchos de los creadores de pastiches están muy lejos de lograr.
En Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos, Martínez embarcaba al personaje en una interesante aventura con tintes fantásticos que lo llevaba a cruzarse con el padre de cierto ermitaño de Providence y a ponerle tras la pista del libro maldito por excelencia, el Necronomicón del árabe loco Abdul Alhazred. La novela, de corta extensión, era excelente y lograba amalgamar en un todo homogéneo el universo de Lovecraft y el de Conan Doyle utilizando sabiamente las referencias a casos inéditos que el doctor Watson deja caer de vez en cuando en las aventuras canónicas. Y el final quedaba lo suficientemente abierto como para permitir que el autor afrontara una continuación.
Sherlock Holmes y las huellas del poeta arranca cuarenta años después de los hechos narrados en su antecesora. Un Holmes octogenario, pero milagrosamente conservado gracias a sus experimentos con la jalea real, llega a nuestro país en plena Guerra Civil buscando de nuevo la pista del Necronomicón. Como Watson se negó a participar en dichos experimentos, es obvio que lleva ya varios años criando malvas cuando la aventura comienza, así que su lugar lo toma un sobrino de la señora Hudson, antigua casera de Holmes. A partir de aquí comienza una aventura que llevará a Holmes y a los distintos personajes con los que se va tropezando, reales y de ficción, a través de medio mundo y a algún que otro lugar fuera de él.
Y si bien es cierto que pocos peros se le pueden poner a la forma en que Martínez desarrolla la trama y al ritmo impecable de que la dota –salvo un ligero bajón hacia la mitad del libro, quizá debido a un exceso de páginas–, hay dos detalles que, desde mi punto de vista, lastran a la novela y provocan que ésta no alcance la excelencia de su predecesora. Primero, que el personaje de Holmes, sin un Watson que lo atempere, se desdibuja bastante y, en determinadas ocasiones, actúa de forma bastante inverosímil para el conocedor de sus aventuras canónicas. Y, segundo, que el autor ha llevado la explotación de los recursos del pastiche hasta el paroxismo. La acumulación de encuentros con personajes históricos y, sobre todo, con personajes de ficción pertenecientes a otros universos literarios llega a cansar al lector avezado que puede comprender todas las referencias y desconcertará no poco al que no las comprenda.
Y este defecto no es privativo de este libro, sino que se ha convertido ya en toda una tendencia dentro del fantástico, desde el momento en que la mayoría de los autores que están surgiendo en los últimos años han pertenecido antes al fandom y en ocasiones han militado –y algunos los siguen haciendo–, en las filas de los frikis confesos. Y estamos alcanzando un punto en que esa amalgama y posterior regurgitación de las mil y una influencias que les han nutrido, están convirtiendo sus obras en festín para los pocos que entienden sus gracias y en crípticos jeroglíficos que debieran incluir un diccionario para los demás.
Sería de desear que en una hipotética tercera novela de Sherlock Holmes escrita por Rodolfo Martínez –ya nos ha narrado aventuras de la madurez y la vejez del personaje, por lo que le quedaría una historia de juventud para cerrar el ciclo–, retomara las sendas de la aventura fantástica que tan bien transita y abandonara todo lastre innecesario, toda esa hojarasca que, por esta vez, no nos ha dejado ver el bosque.
Título: Sherlock Holmes y las huellas del poeta
Autor: Rodolfo Martínez
Editorial: Bibliópolis
Colección: Bibliópolis fantástica nº 28
Año: 2005
ISBN: 84-96173-31-3
Ilustración de cubierta: Alejandro Terán
A la venta en la Tienda de Cyberdark
Ficha en la web de Bibliópolis
Reseña de Jacinto Antón en El País





4 Comments:
Aunque una novela de Holmes sin Watson pueda parecer impensable, existen precedentes. Y respecto a la segunda objeción, el encuentro ininterrumpido con figuras históricas reales es una constante en este tipo de narrativa desde "Las aventuras del joven Indiana Jones". Otros seguidores de Doyle han usado y abusado del recurso, sin ir más lejos Nicholas Meyer en sus dos novelas. Sin embargo, Martinez sale airoso del envite al hibridar el pastiche holmesiano con los Mitos de Cthulhu, un terreno casi virgen en la práctica (bueno, está el Solar Pons de Derleth, pero como es un trasunto de Holmes no cuenta). En cualquier caso, el recurso no lastra el, por otra parte apasionante, desarrollo de la novela.
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Alejandro Caveda, at 15/7/06 02:49
Respeto tu punto de vista, pero a mi por lo menos la falta de Watson no me desdibuja a Holmes, lo mismo que la ausencia de Robin en un comic de Batman no me anula al personaje, aunque entiendo que esta es solo mi poco experta opinión. Gracias por la aclaración, ignoraba que hubiese una tercera novela de Meyer inspirada en el personaje. ¿También está editada en castellano? Y en efecto, no le pones ningún pero a la fusión entre Doyle y Lovecraft, yo la mencioné solo para indicar que la trama era tan apasionante que resistía la tal vez excesiva acumulación de personajes. Nuevamente, nos movemos en el ámbito de las interpretaciones personales, aunque creo que al final los dos coincidimos en que es una obra interesante y estimable.
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Alejandro Caveda, at 16/7/06 03:57
A mi el contraste con "La sabiduría de los muertos" sí que me funcionó. Me gustó bastante la manera en que Martínez se lanza a la piscina y abre el foco, alejándose de Londres o en un escenario "pequeño" para entrar en un viaje como el que aquí realiza.
Lo de Sherlock sin Holmes... Hudson juega bastante ese papel, así que no noté ese aspecto. Aunque coincido con Javier en que el número de guiños es tan grande que puede terminar cansando. A veces la historia se pierde de vista detrás de tanto nombre conocido con sus respectivos guiños.
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Nacho, at 16/7/06 23:05
Mmm... disculpad mi intromisión, pero no puedo estar más en desacuerdo con los aspectos negativos de la novela que veo aquí citados.
Para empezar, no consigo encontrar los argumentos que justifican la crítica hacia el "abuso de cameos". Se alude que hay muchos y punto. Bueno sí, y que eso precisamente cansa. Pero no puedo ver en ello una crítica, sino una opinión personal. Me explico:
Estoy segura que cuando lo leí, me perdí la mayor parte de los "cameos" que salían en la novela, por puro desconocimiento, lo sé, pero los que localicé no me desagradaron. Independientemente del número de "apariciones" ninguna es insertada con calzador, sino más bien de forma fluida, sin sobresaltos desagradables. Ni tampoco esos cameos ganan un protagonismo exagerado ofuscando la trama principal ni a sus protagonistas.
De los que encontré, aparte de la sorpresa inicial y el amanecer de una sonrisa, los encontré divertidos y, en algunos casos sentí asombro al comprobar la manera satisfactoria con la que habían sido introducidos en la historia sin desvirtuarla.
De los que no encontré... Bueno, pues eso. Si me perdí algún cameo, eso no hizo que encontrara extraña alguna reacción, algunas conclusiones o cualquier cosa que tuviera que ver con la influencia de esos giños dentro de la historia general.
En cuanto a lo de Watson, admito que yo también lo eché de menos, pero sin duda se supo torear el asunto con el contrapunto de Hudson. No en la misma línea, por supuesto, las personalidades de ambos personajes es dispar, pero sí la inclusión del apoyo al protagonista, sea de una forma más de "amigo" como Watson, o más distante como Hudson.
Independientemente de si me gustó más la primera novela o la segunda, ninguno de los supuestos argumentos expuestos aquí me parece que lo plasmen, sinceramente. Pero no me voy a explayar más sobre este asunto.
En resumidas cuentas, no basta con decir que hay cameos, giños, a porrón. Así que creo, desde mi modesta opinión, que sólo se refleja una parte de lo que podemos encontrar en la novela y no se comenta siquiera la otra, que es la realmente importante para que alguien queno haya leído la novela se decida a hacerlo o no. Si yo hubiera leído la crítica sin leer el libro, me habría quedado igual.
Y como creo que me he extendido más de lo necesario, una vez más siento la intromisión, pero no pude evitarlo.
Un saludo.
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Anónimo, at 19/7/06 14:45
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