Clase nocturna - Tom Piccirilli
por Iván Olmedo
Tom Piccirilli debutó en los estantes de las librerías de nuestro país a finales del año 2004, y el título elegido para su presentación fue Clase nocturna, novela ganadora del premio Bram Stoker en el pasado 2003. Sin duda el aval de un prestigioso galardón resulta muy favorecedor en estos tiempos que corren, más si el autor es desconocido por estos lares y se intenta introducir su nombre entre los habituales del género de terror; sangre nueva con la que remozar nuestro listado de lecturas. La Factoría de Ideas sabe esto y adorna la atractiva cubierta del libro con grandes letras destacando este hecho. La novedad y la realidad del premio, por tanto, deberían ser razones suficientes para que cualquier aficionado se acerque con esperanzas.Su tronco argumental (más bien ramita argumental) es el siguiente. Caleb Prentiss, un estudiante universitario de carácter huraño y disconforme, un mal día descubre que, durante su ausencia, una chica ha sido asesinada en el interior de su dormitorio. Las pruebas y vestigios han sido cuidadosamente camuflados por alguien, y parece que nadie es capaz de informarle acerca de lo que ha ocurrido realmente. Una historia subterránea e inquietante se va desarrollando mientras transita entre colegas atacados de extraños cambios de humor, profesores un tanto desquiciados y una novia huidiza. Además, como no podía ser de otra forma, intenta averiguar por su cuenta y riesgo quién era exactamente aquella chica asesinada brutalmente en su habitación, de la que nadie ha oído hablar.
El punto de partida que nos ofrece Piccirilli es lo bastante misterioso y siembra las suficientes expectativas como para que Clase nocturna se coja con ganas. Lo que en un principio es una situación anormal con toques de angustia y surrealismo, aparenta esconder mucho más de lo que, con el paso de las páginas, nos es revelado. El autor da (para no andarnos con más rodeos) una clase magistral de cómo contar una historia del montón haciéndola parecer una gran historia. En el fondo tan sólo encontramos una argumentación típica del más típico bestseller de toda la vida; hecho del que sólo nos damos perfecta cuenta una vez agotadas todas las páginas, seguramente porque hasta la última gota de historia mantenemos la esperanza de que haya algo más.
La estructura y los personajes sonarán con fuerza al lector más avezado, como estructura y personajes ya leídos anteriormente en obras de consumo terrorífico. Incluso una cierta aura de película de terror adolescente –subgénero en principio tan interesante como vomitivo según se va sobreexplotando y canibalizando– da un toque a sus páginas. Hacia el final (un final que me gustaría revelar por no quedarme con las ganas y sostener mi opinión; pero me temo que eso aquí y ahora es imposible) uno se queda con la sensación de que ha mordido en falso.
No cabe duda de que Piccirilli es un magnífico estilista. Su manera de escribir y describir, y su forma de acercarnos a lo que está contando es brillante, con un pulso narrativo excelente. Según la información que se nos suministra, el autor nacido en New York escribe también poesía (ha ganado otro Bram Stoker Award por una recopilación poética, A Student of Hell) y es un cierto olor a ésta lo que se puede percibir entre los capítulos de su prosa. Toda esta capacidad literaria está puesta al servicio de envolver con excelencia un esqueleto que demuestra no ser demasiado original y sí bastante tópico.
Los personajes son extravagantes o, incluso, bizarros, pero no logran captar la atención sumisa del lector ni se le da, realmente, oportunidad de ello. Y están algo desdibujados. La acción brilla por su ausencia, excepto en un par de escenas puntuales, y el desarrollo de los acontecimientos se antoja azaroso, como si tanto autor como protagonista no tuvieran demasiado control sobre los acontecimientos que se desarrollan en el escenario. En todo caso, quizás esto, unido a lo expuesto anteriormente, forma parte del atractivo de la novela. Un atractivo que viene dado por el deje surreal con que Piccirilli dota a cada página.
Por otro lado, aunque su prosa es envolvente, con tendencia a la recreación, también muestra buena mano para unos diálogos caracterizados por una gran agresividad latente, lo cual es un punto interesante a su favor al demostrar que podría (o puede) dominar varios registros. Y, a pesar de esto (y de los paralelismos encontrados con las series B norteamericanas), en la narración no existen innecesarias salidas de tono de tipo gore, tentación muy común entre los últimos autores de bestsellers camuflados de obras de terror.
¿Es Clase nocturna, entonces, una novela del género al uso? Pues sí y no... Si argumentalmente resulta en ocasiones mediocre y pueril, hay que reconocer que –como decía al inicio– el tratamiento le confiere una pátina diferente, algo sorprendente quizás en los primeros capítulos, pero que se va diluyendo irremisiblemente al avanzar su desarrollo. Y es una lástima... La forma prevalece sobre el fondo, y Piccirilli –a pesar del flamante premio– pierde la oportunidad de construir una verdadera obra maestra. Porque, aunque así nos la quieran vender, a la novela le falta mucha chicha y tela que cortar. Curiosamente, la narración es bastante corta: apenas doscientas y poco páginas de un tamaño de letra considerable. Esto, unido a la indefinición de la trama, hace que sea un texto que se disfrutará más si se lee de un tirón.
La literatura de terror se mantiene al acecho constante de nuevos valores a los que convertir en nombres con grandes letras rojas en su museo de la fama. El tiempo dorado de los King, Matheson, Straub, Barker o Campbell ha de dejar paso a nuevos tiempos dorados con nuevos nombres que los avalen. Quizás Piccirilli sea uno de ellos. Al menos su volumen de trabajo y sus premios así lo hacen entender. Tras esta novela esperamos otras obras suyas traducidas a nuestro idioma, aunque no hayan ganado un Stoker. Los galardones no lo son todo, y seguramente entre esas otras diez novelas inéditas podremos encontrar material que nos llene como lectores que buscamos buenos argumentos.
Es lo menos que podemos desear, tras la leve decepción de esta Clase nocturna.
Título: Clase nocturna
Autor: Tom Piccirilli
Título original: Night Class
Año: 2002
Traducción: Manuel Mata Álvarez Santullano
Editorial: La Factoría
Colección: Solaris Terror nº 15
Año: 2004
ISBN: 84-88966-89-X
A la venta en la Tienda de Cyberdark
Ficha en la Biblioteca de La Tercera Fundación





2 Comments:
Coincido con iván casi al 100 por 100. El libro arranca muy bien, pero a partir de cierto punto se tuerce y da la impresión de que al autor no sabe por donde tirar. Además, ¿es un libro de terror? ¿Porqué? Misterio tal vez, suspense según se mire, pero aterador, lo que se dice muy aterrador... Todo lo más reconocerle al autor que tiene un cierto talento para crear atmósferas densas, sugerentes y enfermizas, aunque el final no esté a la altura de las expectativas creadas.
Ah, y mucha suerte y ánimo con este nuevo blog a todos los viejos asiduos de Cyberdark. Un abrazo.
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Alejandro Caveda, at 5/4/06 17:43
Yo diría que el libro es macabro. Tiene algunas escenas que sí que dan un poco de yuyu a lectores impresionables como un servidor.
Y también excesivo. Citando el comentario de Javier Vidiella en la antigua biblioteca de cyberdark Aunque dichas metáforas estén bellamente construidas en muchas ocasiones (de algo le ha servido a Piccirilli su asistencia a un taller de escritura creativa), su acumulación lleva al lector a un punto de saturación a partir del cual no da más de sí, cosa verficable a las veinte páginas de haber comenzado.
También se puede hablar de sus sobredimensionados caracteres (no sé si me da más grima el protagonista que se ha quedado sin familia y que se pasa las Navidades de bar en bar por medio EE.UU.; su novia empollona dispuesta a todo por conseguir una buena nota; su esférico compañero con serios problemas para mantenerse despierto; su culebrónica pareja de amigos;...), o la limitada armonía entre dos aspectos en apariencia antagónicos como la sugerencia y la explicitud, que fluctúan de un conseguido equilibrio a la estridencia más virulenta.
O, lo más importante, como dice Iván en la crítica, su escasa chicha, que conduce casi ineludiblemente a la decepción final.
Aunque hay que reconocer que la trama lleva impresa con garra asuntos como la preocupación y, por qué no decirlo, enferma fascinación que puede despertar una muerte brutal a nuestro alrededor, cuando si sucediese a dos pueblos de distancia no importaría lo más mínimo; o el decrépito ambiente del lado oculto del mundo universitario, con sus juegos de poder, su mezquina lucha por la influencia, sus lameculos buscafondos (y buscaempleos),... Lecturas que se apuntan sin caer en el más vulgar alegato moralista y que redundan en una relativa trascendencia.
Después de todo, y aunque suene contradictorio, llegué a disfrutar el libro. Quizás porque soy un L irredento.
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Nacho, at 9/4/06 11:19
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